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Artes marciales para la vida: del individuo a la sociedad

Cuando hablamos de defensa personal, es fácil pensar primero en la técnica: cómo golpear, cómo bloquear, cómo controlar o cómo responder ante una agresión.

Pero quizá la primera pregunta debería ser otra:

¿Qué hacemos con aquello que somos capaces de hacer?

Aprender a defenderse significa adquirir capacidades. Y adquirir una capacidad implica también adquirir una responsabilidad.

Poder hacerlo no significa que debas hacerlo

Un piloto puede conducir un vehículo a más de 300 kilómetros por hora dentro de un circuito. Tiene preparación, dispone de una máquina capaz de hacerlo y se encuentra en un entorno diseñado para ello.

Pero a nadie se le ocurriría pensar que, por tener esa capacidad, puede atravesar su ciudad a 300 kilómetros por hora simplemente porque su coche puede hacerlo y tiene una recta delante.

Fuera del circuito cambia el contexto.

Hay otras personas. Hay normas. Hay límites. Hay consecuencias.

Y precisamente porque sabe conducir, debería comprender mejor que nadie la responsabilidad que implica hacerlo.

Con las artes marciales sucede algo parecido.

Podemos entrenar durante años. Podemos aprender a golpear, controlar, proyectar o inmovilizar. Podemos desarrollar velocidad, precisión, estructura y capacidad de respuesta.

Pero saber hacer algo no nos concede el derecho a hacerlo.

El Kwoon, el gimnasio o una competición son entornos controlados. Existen reglas, compañeros que conocen lo que están haciendo y unas condiciones determinadas.

La calle es diferente.

Una persona puede no saber caer. Puede golpearse contra el suelo. Una acción aparentemente sencilla puede tener consecuencias que nadie había previsto.

Y esas consecuencias pueden afectar a quien tenemos delante, pero también a nosotros, a nuestras familias y a nuestro entorno.

Por eso la defensa personal no debería enseñarnos solamente a actuar.

Debería enseñarnos, antes que nada, a decidir.

La defensa personal empieza antes

La convivencia es posible porque hemos establecido límites a nuestras conductas. No podemos hacer todo aquello que físicamente somos capaces de hacer.

La capacidad necesita criterio.

Por eso entiendo la defensa personal desde tres conceptos:

EVITAR → DECIDIR → ACTUAR

Evitar cuando podemos hacerlo no significa tener miedo. Significa percibir una situación, reconocer el riesgo y no contribuir innecesariamente a una escalada.

Decidir significa conservar nuestra capacidad de elección incluso cuando aparecen la presión, la provocación, la ira o el miedo.

Y actuar significa hacerlo cuando realmente sea necesario, comprendiendo que nuestras acciones tienen consecuencias.

La técnica aparece después.

Wing Chun y Silat: nuestras herramientas

Cuando realmente necesitamos actuar, necesitamos herramientas.

En nuestro caso, esas herramientas proceden fundamentalmente del Wing Chun y del Silat.

El Wing Chun nos aporta estructura, distancia, sensibilidad, coordinación, economía de movimiento y capacidad de adaptación.

El Silat amplía nuestra comprensión del movimiento, de las distancias y de las diferentes situaciones que podemos encontrar.

Pero ninguna herramienta decide por nosotros.

Podemos enseñar a una persona a golpear. Lo verdaderamente importante es que esa persona aprenda también cuándo debe hacerlo y, especialmente, cuándo no debe hacerlo.

Por eso, por encima de la técnica deben existir principios.

SIKAP · HORMAT · KENDALI

Aquí aparece una parte fundamental de nuestra manera de entender las artes marciales.

SIKAP — Actitud.
HORMAT — Respeto.
KENDALI — Control.

No son únicamente palabras. Representan una filosofía práctica sobre cómo utilizamos aquello que aprendemos.

Actitud para afrontar lo que sucede.

Respeto por nosotros mismos, por nuestros compañeros y por la persona que tenemos delante.

Control sobre nuestras capacidades, nuestras emociones y nuestras decisiones.

La técnica nos proporciona posibilidades. Estos principios deben ayudarnos a decidir qué hacemos con ellas.

Aprender a gestionar el miedo

Tampoco buscamos personas que no sientan miedo.

El miedo forma parte del ser humano.

Un piloto que entra por primera vez en una curva a gran velocidad puede sentir miedo. Con entrenamiento y experiencia, el riesgo no desaparece. La curva continúa ahí.

Lo que cambia es la persona.

Conoce mejor sus capacidades, comprende los límites y aprende a interpretar lo que está ocurriendo.

El miedo deja de gobernar su decisión.

Con las artes marciales sucede algo parecido.

Entrenar no debería convertirnos en personas sin miedo. Debería ayudarnos a reconocerlo y evitar que se transforme automáticamente en bloqueo, ira o una respuesta desproporcionada.

No buscamos eliminar el miedo. Buscamos aprender a decidir sin que el miedo decida por nosotros.

El Kwoon: necesitamos al otro

Nada de esto se aprende completamente en soledad.

En el Kwoon necesitamos compañeros. Personas diferentes, con distintas edades, capacidades y niveles de experiencia.

El compañero no está delante de nosotros para que demostremos que somos mejores.

Está delante porque lo necesitamos para aprender.

Yo necesito controlar mi fuerza para que mi compañero pueda entrenar. Él necesita respetar mis límites para que yo también pueda hacerlo.

Quien tiene más experiencia puede ayudar a quien comienza. Quien comienza debe aprender, escuchar, respetar y contribuir.

Cada persona tiene sus propios objetivos, pero todos compartimos una responsabilidad sobre aquello que estamos construyendo.

COMUNIDAD NO ES ESTAR JUNTOS. ES CONSTRUIR JUNTOS.

Cuando cada persona utiliza el grupo únicamente para obtener lo que necesita, puede seguir existiendo un grupo de personas, pero la comunidad se debilita.

Construir juntos significa comprender que nuestras decisiones individuales afectan también a los demás.

Del individuo a la sociedad

Aquí es donde las artes marciales pueden salir del Kwoon.

Si aprendemos a controlar nuestra fuerza, podemos aprender también a controlar nuestras reacciones.

Si aprendemos a respetar al compañero cuando tenemos capacidad para hacerle daño, estamos aprendiendo algo que va mucho más allá de una técnica.

Si entendemos que nuestras acciones tienen consecuencias para quien tenemos delante, empezamos a comprender también nuestra responsabilidad hacia quienes nos rodean.

Todo comienza en algo muy pequeño:

uno mismo.

Después llega el compañero.

Del compañero al grupo.

Del grupo nace una comunidad.

Y las comunidades forman parte de una sociedad.

INDIVIDUO → COMPAÑERO → COMUNIDAD → SOCIEDAD

Una sociedad mejor no se construye únicamente hablando de grandes valores.

También se construye mediante pequeños comportamientos repetidos cada día: cómo tratamos a los demás, cómo gestionamos nuestro miedo, cómo controlamos nuestro ego, cuándo decidimos actuar y cuándo somos capaces de retirarnos.

Artes marciales para la vida

Ahí encuentro el sentido de lo que hacemos.

El Wing Chun y el Silat son nuestras herramientas.

SIKAP, HORMAT y KENDALI —actitud, respeto y control— orientan nuestra manera de utilizarlas.

La defensa personal les proporciona una aplicación real.

Y la comunidad nos ofrece un espacio donde aprender todo ello junto a otras personas.

Pero el aprendizaje no debería quedarse dentro del Kwoon.

Debe acompañarnos fuera.

Porque saber defenderse tiene valor.

Saber evitar un conflicto también.

Y disponer de capacidad para actuar, pero tener el criterio suficiente para decidir cuándo hacerlo y cuándo no, representa una manera mucho más completa de entender las artes marciales y la defensa personal.

Desde el individuo hacia el compañero.
Desde el compañero hacia la comunidad.
Y desde la comunidad hacia la sociedad.

Desde lo pequeño hacia lo grande.

SUPERARTE SÍ. IMPONERTE NO.

ARTES MARCIALES PARA LA VIDA.

Sifu Joxe Lozano